¿Las universidades ayudan a conseguir empleo?

En un año, María de Jesús Flores ha recibido dos citato­rios en la escuela; las citas son con un mentor para revisar su plan book. Cada semestre, la estudiante de ingeniería industrial en TecMilenio escribe sus anhelos profesionales y qué pasos necesita dar para cumplirlos. Dominar el inglés fue su primer reto. En la lista aparece hacer un semestre em­presarial en la firma Bosch, pero el top en su plan book es Chrysler.

Anotar los sitios donde quiere laborar no es lo único relevante en su “cuaderno profesional”. También se propuso cam­biar la forma de trabajar en equipo. Adaptarse al estilo de trabajo de otros y a entornos desafiantes, dominar el inglés y tener la capacidad de abstracción, des­tacan entre las habilidades más valoradas por los empleadores, según el informe Competencias profesionales en preuniver­sitarios y universitarios de Iberoamérica, realizado por el Instituto de Investiga­ciones para el Desarrollo de la Educa­ción (Inide) en siete países, incluido México. La pregunta incómoda es: ¿las universidades de México desarrollan esos conocimientos?

Dar más conocimientos generales para enfrentar la vida, y menos enfoque técnico, parece ser el primer cambio en las universidades. Desde la década de 1990, el famoso asunto de las compe­tencias (o capacidades para realizar algo exitosamente) empezó a rondar en las aulas con la idea de que enseñar bajo ese modelo ayuda a ganar destrezas para resolver problemas en la vida laboral y personal. Al menos así lo define la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

 

La (cruda) realidad

Las escuelas se apuntaron al tema de competencias, pero no esperaban que en más de 10 años la brecha entre lo que enseñan y lo necesario en un trabajo se hiciera tan grande.

El rector de la Universidad del Valle de México (UVM), Bernardo González Aréchiga, lo explica así: “Venimos de un sistema educativo que no ha generado los mejores estudiantes”; por eso ahora el reto es lograr que el egresado desarro­lle con mayor velocidad habilidades que ocupará en su vida, sin importar la carrera que estudió.

La diferencia entre qué ofrecen las escuelas, contra qué es importante para emplearse y empezar una trayectoria, es el primer detonante del cambio de rol de las universidades. “Es una carrera de supervi­vencia”, dice Ernesto García, investigador del Centro de Investigación para el Desa­rrollo (CIDAC).

Los números obligan: sólo 42% de los empresarios a nivel mundial cree que los egresados están preparados para enfren­tar el mercado laboral, revela un estudio entre educadores y estudiantes realizado por la consultora McKinsey.  En contraste, 45% de los jóvenes se considera apto para un puesto. En México, la dificultad para llenar vacantes es una realidad para cuatro de cada 10 empleadores, dice Manpower en una encuesta global.

La alerta aumenta cuando se calcula que en 2020 el número de desempleados universitarios supere los tres millones, al existir más egresados que puestos de trabajo formales, estima la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES).

 

Divorcio inminente

Hace años, la universidad era referente de muchas cosas: investigación, reflexión, formación de personas críticas… Poco se hablaba de ser bilingüe, tener inteligencia emocional, aprender a gestionar una carrera y ser un resolving problem.

Atrás, muy atrás quedaron los años cuando había tres trabajos por egresado. Hoy existe un trabajo por cada cuatro egresados, estima la Universidad Iberoamericana. Eso orilla a cambiar el chip e implica que la universidad tiene que hacer un cambio de aire; por ejemplo, adecuar los progra­mas de estudio con recomendaciones de los directores de empresas, sugiere Héctor Márquez Pitol, director comercial para México y Centroamérica de la firma Manpower Group.

Como resultado de la desconexión escuela-empresa resulta que en este wiki­mundo, tan comunicado y tecnologizado, el egresado carece de cosas tan básicas como la competencia de hablar y escribir correc­tamente español. A las empresas también se les dificulta encontrar en los universi­tarios emprendimiento, inteligencia emo­cional, capacidad de síntesis, pensamiento lógico y ágil, y hasta puntualidad, refiere la encuesta del CIDAC.

Si se quiere disminuir esa desconexión hay que empezar por despedir el modelo de éxito individual con el que se forma todavía a muchos universitarios. El reto es preparar a la persona para que sea sensible y redireccione sus decisiones, no una vez, sino muchas, y en ese modelo la educación es entendida como encontrar sentido de vida en lo que se hace, dice Alfonso Villalva, presidente del patro­nato México Unido.

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Encontrar los “cómo”

Todos los jueves, Aranza Franco y Juan Silva se reúnen para revisar cómo avanza el caso de sus clientes en una disputa por un bien inmueble. El juez es su maestro. Los testigos sus amigos. Ellos, estudiantes del octavo semestre de la UVM. Desde el primer semestre van dos veces por semana a la sala de juicios orales para vivenciar sus clases. Experimentar un juicio, ponerse de pie, dar inicio a la audiencia, esperar la resolución fuera del salón; todo es un cambio de 180 grados en la manera de enseñar, asegura José Miguel González, coordinador de Derecho en la UVM Lo­mas Verdes.

Y ahí están las escuelas. Unas incor­porando clases más prácticas, otras que apuestan por consejos de empleabilidad para recibir un feedback sobre lo que quiere la empresa del universitario. Pero la transformación en la universidad va más allá.

“Si lo único que te garantiza trabajar es demostrar qué sabes hacer, entonces el modelo debe centrarse en formar a la persona para que encuentre su objetivo de vida”, indica Héctor Escamilla, rector de la Universidad TecMilenio.

Por lo tanto, la tarea de las universida­des tiene que ser educar para el futuro, pero un futuro en que el joven tiene herramientas para conseguir trabajo, sin aferrarse a lo que “en teoría” debería tra­bajar. Después de todo, explica Escamilla Santana, la carrera sólo aporta 4% de lo que será la trayectoria profesional.

“No creo que baste con unos semestres de especialización –reconoce el rector–. Hay que ir más adelante.” Por ejemplo, los estudiantes mexicanos tienen en promedio cuatro materias optativas, cuando en Estados Unidos se puede elegir entre 8 y 26% del plan de estudio. Frente a eso, un primer paso es confiar en que un esquema flexible, en función del propósito de vida del alumno, otorga mejores resultados para “despertar” al sistema universitario.

 

Hora de romper esquemas

Flexibi­lidad en la forma de enseñar es la clave y no te queda de otra, ya que el conocimien­to se hace viejo más rápido, menciona Ernesto García. Cuando el enfoque es “aprender a aprender” y “responsabilizarse de decisiones”, ganas habilidades que aplicas en cualquier campo.

Asegura que moverse en ese esquema im­plica entender que como escuela hay que virar el timón del barco en otra dirección, porque los estudiantes, además, también son diferentes. Antes, la mayor referen­cia del joven era el profesor, el papá, el vecino; hoy, aprende en blogs, chats, en LinkedIn.

Y cuando eso ocurra esta historia cam­biará. Y eso, consecuentemente, transfor­mará el rol del profesor, que –aunque su pa­pel siempre ha sido ser guía del estudiante– hoy necesita ser más un asesor que enseña el qué, pero deja que el estudiante, con sus propios medios, investigue el cómo.

Claro, el cambio no será nada fácil. Miguel González, de la UVM, alimenta el pesimismo: “Decirle adiós al maestro con la verdad absoluta. Modificar esa mentalidad es un paquete que le está quedando grande a muchos docentes.”

Programas flexibles, foros prácticos, maestros que facilitan conocimientos, en lugar de imponer conocimientos sólo para desempeñarlos en lo estudiado, eso dará al estudiante la libertad para buscar proyec­tos en que pueda desarrollase. ¿Una meta elevada? Tal vez, pero según los entrevista­dos, hay que trabajar en ello si la universi­dad quiere diferenciarse.

 

El futuro

Hace tres años, Lotzy Fonseca Chiu se propuso cambiar la vida de algunos estu­diantes de informática y computación. La profesora de la Universidad de Guadalajara, en el Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías, pidió a sus alumnos desarrollar contenidos multimedia con una temática social, que deberían exponer en secundarias y preparatorias.

Lotzy no sólo entrena a sus estudian­tes en crear redes de contacto. Ella forma parte de un programa de Microsoft que promueve el networking entre maestros, dentro y fuera de México.

El primer fruto de esa interacción es un proyecto que trabaja con académicos de la Universidad de Tepic. Sus tiempos más desahogados de trabajo los utiliza para hacer tutoriales dirigidos a profeso­res que quieran hacer su blog. “Maestros en línea, eso es lo que necesitamos en las universidades, compartir con otros y qué podemos replicar”, explica la especialista en informática.

El mensaje es claro: los maestros “se­midioses” van de salida. Hay que hablar menos de carreras y más de qué sabe hacer la persona. Más profesores que tejen sus redes de contactos con otros, y menos do­centes aburridos y cero retadores, afirma Héctor Escamilla.

Para promover esa nueva mentali­dad, no sólo las escuelas deben cambiar; también los estudiantes tienen sus retos. El investigador del CIDAC Ernesto García menciona que la elección de carrera no debe realizarse sólo por “me gusta” y “creo que tengo talento para…”. Para seleccionar hay que considerar, inclu­so, estudios de mercado.

En el portal Compara Carrera, desa­rrollado por el Instituto Mexicano para la Competitividad (Imco), existe información sobre salarios y rentabilidad vinculada a más de 60 profesiones en el país.

Pero mientras las escuelas hacen la ta­rea, María de Jesús Flores se ha empeñado en aprender alemán. “Chrysler te pide al menos tres idiomas; mejor lo voy anotando y trabajo en eso”, planea la ingeniera.